Archive for Diciembre, 2005

Antes de comenzar el año …

Sábado, Diciembre 31st, 2005

Es también necesario un buen calendario, y que mejor que el Hooters 2006 (cortesía de Boing Boing).

El año viejo no me dejó ni una chiva, ni una burra negra, ni una yegüa blanca y tampoco una buena suegra. Pero si me ha dejado cosas muy buenas: este año, por encima de todas las muchas otras grandes cosas, me dejó gente. Volví a ver a gente que tenía perdida desde hace dos, seis, diez y hasta quince años. Reencontré viejos amigos, algunos en los lugares más inesperados, encontré algunos que no sabía que tenía, y hallé también algunos nuevos. Comencé el año decepcionado y desubicado, preguntándome si había gente a quien le importaran las cosas, las grandes cosas, las buenas cosas, las cosas que valen la pena, la otra gente. Y me encontré eso y mucho más. Encontré gente queriendo salir adelante y gente ayudando a otros a salir adelante y no peco de falta de modestia al decir que aporté lo propio.

El que comienza está cargado de esperanza y cambio, pero el que se va ha sido, con todo y todo, un buen año, así que para los dos: ¡salú!

Un segundo más

Sábado, Diciembre 31st, 2005

Llevan en esto millones de años. Cuatro mil quinientos millones para ser más exactos — y acá ella sigue su predispocisión genética de “no decir toda la verdad” sobre su edad, así que seguramente son cuatro mil seiscientos treinta y cuatro, así que igual vamos y le mentimos: ¡pero si no aparentas ni un millón pasada de los cuatro mil! Lo que es seguro es que ninguna cede: la una, ya pálida, tira para su lado y la otra, tierrosa, para el suyo. Están trabadas en un cósmico pleito de gatas.

¿Y nosotros? No, para cuando nosotros llegamos ya estaban agotadas las entradas para el show, así que los asientos que nos dió el acomodador están demasiado cerca de la tribuna como para poder apreciar algo. Pero nunca falta el sórdido grupo de mirones a los que aún en estas circunstancias no se les escapa detalle: ¡mirá, si se le corrió un continente! ¡uy, uuuuy, se le está bajando la capa de hielo! ¡oye! ¡ver y no tocar! ¡el gorila de la puerta nos va a sacar de acá si le sigues quitando pedazos a la mina esa!

Uno de los mirones es cronofílico… no se le va ni una fracción de minuto. Y está jorobando con el cuento de que el espectáculo de hoy tendrá un segundo más que mirar. ¿Y qué va a mirar en un segundo, ah? ¿El ritmo glacial con el que hacen el amor los caracoles?

No lo tuve que pensar mucho, yo con mi segundo ya sé que voy a hacer: invertirlo en una incursión de grado seis.

¿Qué dije?

Viernes, Diciembre 30th, 2005

Estaba buscando un libro en Amazon y pasó lo de siempre: terminé viendo y buscando cosas que no llevaba intención de comprar. Amazon puede ser más peligroso que una buena vendedora de carne y hueso, pues la vendedora solo puede recurrir a su encantadora sonrisa; Amazon sabe qué cosas he comprado antes y respecto a qué cosas he demostrado interés.

En fin, me puse a curiosear en la sección de películas y me llamaron la atención las recomendaciones (muchas muy atinadas), pues he comprado solo uno o dos DVDs allí, es decir, me está recomendando videos en razón de mi historial de compra de libros (bastante especializados y técnicos). De la lista: Diarios de Motocicleta (se me pasó el año y no la vi); Cita de Deus (la vi hace varios años, y sí, me gusta mucho); Man on Fire (uh?), con Denzel Washington (léase: solo esto me suena conocido al respecto); Y tu mamá también (nunca la vi y también estaba en la lista); la niña santa (un tiempo la busqué y no la hallé); Taxi para tres (”se que existe”); Subterra (otra que nunca vi); en la puta vida (leí que es de ver)

La parte atemorizante: ¿cómo pasa Amazon de reconocimiento de huellas dactilares y resolución de ecuaciones diferenciales parciales a algo como “en la puta vida”?

Las dos y todo sereno…

Viernes, Diciembre 30th, 2005

Venía recién manejando a casa y en un momento me llamó la atención que estaba muy calmado. No es que hubiese razón para no estarlo, pero era un estado extraño de paz interior que no sentía hacía mucho rato.

Primero pensé que se debía a no traer ni un solo miligramo de alcohol en la sangre, pero no era eso. Sin embargo me hice el propósito continuar por ese camino. Si es que tomo cuando se que me toca conducir, siempre lo he hecho en cantidades muy moderadas, pero la conciencia de la lucidez extra resultó realmente muy agradable.

Venía pensando en Bruno Ganz (el que hace el papel de Hitler en “La Caída”), pues hace ya más de un año, a propósito del estreno en Alemania de esa película, el había estado en una entrevista, donde entre otras cosas, le preguntaron sobre la forma en la cual el papel lo afectó. Dijo que había sido “solo un rol”, pero que sin embargo si pasó por una época difícil a causa del mismo.

Puede ser que también venía pensando en Ulrich Matthes (Joseph Goebbels) que dijo que no volvería a hacer un papel como ese en su vida.

Puede ser que viniese rumiando la cita de Traudl Junge: “[...] en ese momento fue cuando realmente me dí cuenta que una corta edad no es una excusa. Y que hubiese sido posible haber llegado a saber cosas.”

O puede haber sido nada más que la amiga de la radio decidió que era una buena hora para poner tangos y venía apaciblemente escuchando de amores imposibles, fallidos o nunca intentados.

O puede ser que viniese pensando en otra cosa…

De todas mis piapias

Jueves, Diciembre 29th, 2005

La piapia es un bicho lindo: grande, de buen porte, con una blanca y bonita cola. Con un poquito de indulgencia, hasta bien canta. Eso sí, no es vistoso. Definitivamente no es un quetzal.

El quetzal — o como la sabiduría infantil lo ha designado, “una gallina verde”© — se sabe hermoso. Nos hace levantarnos a las cuatro de la mañana, mantenernos agazapados y silenciosos entre dos troncos húmedos, arratonados y entumidos… hasta que sale casi diciendo — no, no a nosotros, no sean ilusos, al mundo — “heme aquí, ya pueden disfrutar de mi prescencia”.

La piapia por otra parte… escandalosa, no se muestra, uno la ve casi a cualquier hora del día, viene en bandadas de cinco, diez o quince arrasando con las fresas del patiecito, cual jauría de madres de preescolar sobre la madre soltera del 22.

Al quetzal se lo contempla, así, de lejos e inalcanzable. “Ssssh! Hacé silencio que si no se va, ¿no ves?”

A la piapia la correteamos, la tratamos a los escobazos, poco nos falta para llamar a todos los güilas del barrio e incitarlos en el perdido arte del neumático, la horqueta de níspero y la piedra. Chú! Chú! Fuera, ¡bicho maldito!.

Al quetzal, que no nos vuelve ni a ver, nos esforzamos con cuanto cuento se nos ocurre para atraerlo… a la piapia, que quiere venir donde estamos, primero ni la ponderamos y luego, cuando ya no la podemos ignorar más, la ahuyentamos.

¿Quién nos entiende?

Visto en Interné…

Martes, Diciembre 27th, 2005

“Diosito: ¿me corto las venas o me las dejo largas?”

Localismos, parte II

Lunes, Diciembre 26th, 2005

Mi buena acción del día: llevar a una señora en labor de parto al hospital.

Bueno, no la llevé yo, pero suena más lindo así.

Lo que en realidad pasó fue que venía de San Pedro a Heredia en busca de una piecita que ocupo de repuesto y recordé que en el Paseo de las Flores hay una tienda que la podría tener. Por ello hice San Pedro, Calle Blancos, la República, Barrio México y de ahí la intención era ir para la Uruca y Heredia. Antitos de llegar a Barrio México estaba esperando un semáforo y el señor del lado mío me pregunta que cómo se llega al Hospital México. Desde ese lugar la ruta segura (seguramente más rápida) era meterse como quién dice por detrás de la Coca Cola hasta entrar a la General Cañas por atrás del Yaohan, pero eso requiere conocimiento local del desmadre y medio que es ese sector de San José. La cara del señor sin embargo no daba signos de que iba a entender tal explicación. Por ello le expliqué la ruta simple: “dobla aquí a la derecha, yo le doy campo, y sigue la calle hasta la Pozuelo y allí dobla a la izquierda, llega a la rotonda del Juan Pablo II, sigue recto doscientos metros, dobla a la derecha, sigue la calle como devolviéndose, y allí entra al parqueo del México.” Fue en ese momento cuando noté que la señora en el asiento del pasajero que estaba haciendo cara de “¡ahórrese las explicaciones y sáqueme de aquí!”

Le pregunté al señor “¿y para qué necesita ir al México?” “Es que mi señora ya se va a mejorar” Procese… procese… procese… ¡ah! ¡Mejorar! Eso que yo digo cuando Fulano tiene gripe y yo le digo a la esposa “ojala se mejore pronto” y me quedan viendo como si fuera extraterrestre. Como la explicación simple no parecía tocar puerto preferí decirle “vea, hagamos esto: doble acá a la derecha, yo lo dejo pasar, yo luego lo paso y Vd. nada más me sigue, ¿ok?” Con esa cara de “Dios se lo pague” que un güila pone cuando uno le dice que ya no está castigado me dijo que estaba bien, que muchas gracias. Me lo llevé así hasta L&S, lo metí a la pista — tratando de no dejarlo perdido –, lo llevé hasta la rotonda del Juan Pablo II, hice el desmadre indocumentado que hay que hacer para entrar a la calle lateral del México y lo llevé hasta la puerta del parqueo. Supuse que ahí encontraría el solito como llegar a emergencias si era necesario o a la admisión. Me di vuelta y no supe más de la historia. Ojalá todo saliera bien para la señora y la nueva criaturita.

¿Por qué es tan difícil para el MOPT (o la municipalidad de San José o la que sea que corresponde) poner señalización decente para llegar a los hospitales? Ojalá nunca me toque tener que ir al Max Peralta, porque no tengo ni idea de por donde comenzar. Y al nuevo hospital de Alajuela la semana pasada corroboré que es una completa aventura llegar, apuesto que hasta con mapa en mano es complicado. Al San Vicente de Paul llego porque manda banano: viví como cinco años a doscientos metros, y me sé todas las locuras de calles de una vía por pedazos que lo rodean. Hay más letreros para llegar al “Butterfly Farm” en San Antonio de Belén (doy fe que comienzan hasta quince kilómetros antes del sitio) que para llegar al Calderón Guardia desde Calle Blancos.

Y para quién se lo esté preguntado: los señores no tenían cara de querer ver cuestionada su intención de ir al México, así que ni hice el intento.

Enseñándole a los niños a programar, parte II

Lunes, Diciembre 26th, 2005

Continuando con la idea de enseñar a los niños a programar, y en particular con “¿qué enseñarles?” me he encontrado con varias opciones.

KPL: Kids Programming Language. Es un lenguaje de programación, o mejor dicho, un ambiente de programación orientado al desarrollo de juegos. A pesar de parecer una propuesta interesante, me da la impresión de que es complicada, pero a falta de disponibilidad de programas para revisar en realidad es solo una idea basada en un par de descripciones en el sitio web.

Alice, otro ambiente de programación, pero orientado a la creación de gráficos por computadora interactivos (no, esto no es una forma complicada de decir “juegos”). Fue desarrollado inicialmente dentro del programa de investigación en realidad virtual en CMU, pero ha evolucionado a algo independiente. Hay un libro de texto (en inglés) y el capítulo 2 está disponible para leer en línea. Ese capítulo lleva una cita muy apropiada al inicio, de Alicia en el País de las Maravillas:

‘Then you should say what you mean,’ the
March Hare went on.
‘I do,’ Alice hastily replied; ‘at least–at
least I mean what I say–that’s the same
thing, you know.’
‘Not the same thing a bit!’ said the Hatter.
‘You might just as well say that “I see what
I eat” is the same thing as “I eat what I
see”!’

El libro tiene material de apoyo para el docente disponible en línea. Hay así mismo propuestas para cursos de tres, siete y catorce semanas. Hay, además, una lista de publicaciones disponibles con respecto a Alice, particularmente: Teaching Objects-first In Introductory Computer Science (que es una idea que yo defiendo, a la par de enseñar Mecánica Cuántica antes que Mecánica Newtoniana), Alice: Lessons Learned from Building a 3D System for Novices. Está también la disertación de Matthew J. Conway: Alice: Easy-to-Learn 3D Scripting for Novices que se refiere a una versión anterior de Alice, pero aclara muchas dudas que estaban comenzando a aparecerme en la cabeza.

Será leer más…

Enseñándole a los niños a programar

Domingo, Diciembre 25th, 2005

He tenido eso en la cabeza buena parte del día de hoy: ¿cómo enseñarle a un niño a programar? Pero supongo que para muchos la pregunta en realidad será ¿para qué enseñarle a un niño a programar? (y quizás sea necesario decir que por “programar” estoy entendiendo “escribir programas informáticos”)

Primero es necesario sacar algunos mitos del camino:

Para poder programar hay que ser programador profesional.
Mucha gente piensa que programar es una cosa muy difícil, para la cual hay que estudiar muchos años. Pocas cosas se alejan más de la realidad. Lo que requiere un estudio riguroso es el diseño de sistemas informáticos, no programar en sí. De hecho existen muchas escuelas de informática en el mundo donde los alumnos no aprenden a programar como parte del currículo (sí, aprenden a programar, pero un poco como actividad “extracurricular”).
Solo los informáticos programan.
Mucha gente de ciencas básicas programa como parte de su diario quehacer (y existe también gente obtusa en ciencias básicas que opina que un “científico” no tiene por qué andar programando nada), de hecho la “bioinformática” es tema moderno y candente. Una
cantidad apreciable de ingenieros también programa como parte de su ejercicio profesional. Mucha gente de Filosofía y Letras programa también y conozco a un teólogo que lo hace. Recuerdo al menos a un par de abogados que programan (o programaban) regularmente. Se de
varios médicos en la misma situación.
Programar es para genios (o alternativamente: programar es muy difícil)
Yo no podría cantar bien aunque mi vida dependiera de ello, pero no por ello digo que cantar sea particularmente difícil (cantar extraordinariamente … eso es otro cuento), tan solo admito que es algo en lo cual yo no he puesto empeño, y que quizás, haciéndolo, podría llegar a cantar pasablemente.  Programar es una habilidad innata.Programar es algo que se aprende, igual como se aprende a leer en público (y sí, hay personas que hacen ambas cosas muy mal). Hay
personas que parecen tener una habilidad nata para programar, pero en realidad lo que tienen es facilidad para pensar en abstracto.

Programar una computadora quiere decir, en el nivel más básico, “decirle qué hacer.” No hay nada realmente más fundamental que esto, cualesquiera otras cosas constituyen tan solo detalles de un mecanismo particular — y usualmente artificial — para decirle a una computadora qué hacer. Algunas veces estos mecanismos son escogidos porque se ha encontrado que son convenientes para el programador. Otras veces porque pueden ser fácilmente comprendidos por una computadora. El primer paso difícil que se debe dar en programación es aprender y aceptar estos mecanismos artificiales, sin importar si tienen “sentido” o no.

Programar no es una tarea fácil, pero tampoco es una tarea difícil, al menos no por las razones que mucha gente parece pensar que lo es. Programar no es un área altamente teórica del conocimiento, como lo puede ser Física. En realidad no se requiere un título avanzado para hacerlo bien. Es cierto que existen principios importantes en Ciencias de la Computación, pero también es cierto que es posible obtener un título avanzado en Ciencias de la Computación sin tener una idea de como aplicar estos mecanismos a la programación. Igualmente existen muchos buenos programadores que nunca han obtenido un título en Ciencias de la Computación.

En comparación con alguna clase de actividades, como gimnasia o pintura, la programación no require de cierta tipo de habilidad o talento innatos. Sin embargo si requiere de cuidado y “arte.” Más específicamente, programar require de atención a los detalles, buena memoria y capacidad para abstraer. ¿Son esas cosas habilidades que se encuentran en un niño? ¿en todos los niños? Probablemente no, de hecho buena parte de nuestro crecimiento va asociado a desarrollar precisamente esas habilidades. Y aquí es donde programar puede resultar útil. Programar puede ayudar a desarrollar habilidades lógicas, comunicativas e intuitivas, entre otras. Así, la intención de enseñar a niños a programar no es realmente ponerlos en la ruta para convertirse en programadores profesionales, sino es una cosa de ayudarlos a formarse una visión más completa del mundo, y siendo ambicioso, ayudarlos a ser mejores personas.

En ese sentido es que me senté un largo rato hoy en la tarde leyendo algunos sitios web al respecto. Mi opinión optimista respecto a por qué enseñar a los niños a programar es compartida por mucha gente, pero donde no hay consenso es en el tema de si se logra el resultado deseado, es decir, desarrollar cierto tipo de habilidades en los niños. Los niños a quienes se les ha enseñado a programar ha desarrollado efectivamente habilidades para pensar en forma abstracta, pero aplicadas al dominio específico de la programación y no necesariamente a otras áreas de su desarrollo personal.

La otra área de debate es por supuesto ¿qué enseñarles? Es difícil enseñar a programar sin enseñar un lenguaje particular simultáneamente, pues esa forma de abordar el problema requiere de un pensamiento abstracto altamente desarrollado, ¡que es una de las cosas que se busca! Los candidatos obvios son Lisp y Logo (siendo Logo una forma particular de Lisp) dado que tienen una sintaxis simple que facilita su asimilación. El problema es que la misma sintaxis es extraña y puede resultar contraproducente. Logo tiene la ventaja de que al incorporar ideas de graficación dentro del lenguaje hace que se puedan presentar conceptos en una forma probablemente atractiva para muchos niños (sin decir que tiene un atractivo personal para mi). Una posible alternativa es Ruby, que tiene una sintaxis simple, es fácil de entender y tiene una comunidad sumamente activa detrás. Sería necesario implementar algún tipo de facilidades de graficación á là Logo.

Quién sabe, puede resultar algo interesante. Seguiré leyendo.

Y así termina…

Viernes, Diciembre 23rd, 2005

Una velada en realidad bastante perfecta:

Llevaba un rato imperdonablemente largo sin escuchar a Malpaís en vivo y al igual que todas las veces anteriores me volví a convencer de una cosa: cada vez que uno lo escucha suena mejor. Siempre hay un recoveco que no había notado antes, un nuevo acorde en el lugar preciso, o un nuevo despliegue de virtuosismo que antes no había estado presente (y sin querer echar a menos al grupo, creo que el de hoy se lo lleva la muchacha del coro). Música espléndida, compañía ideal, y para cerrar, llegando a casa me detuve un minuto para (ad)mirar por última vez en el día la escena del acto: San José de noche.

Gracias a mis tres cómplices.