¿Calidad? editorial en La Nación, II

Cuestionaba yo el otro día lo que La Nación pretende pasar por control editorial en su diario.  Para no quedarme en mucho ruido y pocas nueces, y no sabiendo exactamente a quién dirigirme, dado que uno de los efectos de la carencia de control editorial en lo que publican radica precisamente en no indicar el autor de la nota, opté simplemente por confiar en la teoría de probabilidades y le escribí a todos los periodistas que la página web de La Nación señala que son parte del equipo de la sección llamada Aldea Global.

El caso es que Debbie Ponchner, la encargada editorial *coff* *coff* de la sección, me contestó muy amablemente y agradeciéndome por las correcciones.  La nota que salió publicada al día siguiente contenía las correcciones señaladas, junto a nuevos errores, los cuales posiblemente brotaron del proceso de edición.

Resulta que Herberth — que insiste en marcar noticias aparecidas en (el avance electrónico de) La Nación para que sus colectores no las perdamos de vista — hoy pensó que algo titulado “Peligran códigos de seguridad informática tras descifrarse claves” era interesante.

Y bueno, en algún sentido tiene razón, pues es en efecto interesante notar como funciona el proceso editorial del diaro.  La nota consigna como fuente a “DPA”.  Si uno fuese un periodista que se pasa de arrogante, uno podría decir “ah, claro, ¡DPA! la agencia de noticias alemana, todo el mundo sabe qué es eso.” Si uno fuese un periodista menos arrogante, entendería que eso no es una fuente, eso es simplemente un código para saber a quién le debo plata.  Cualquier estudiante de secundaria entiende que si en una asignación pone como referencia “La Nación”, sin fecha, sin página, sin nada más que el nombre del periódico, le van a bajar puntos en la nota.  Los periodistas sin embargo parecen creerse exentos de cumplir con una cuestión de mínima de ética como es esa.  Es posible que el siglo pasado, por una cuestión de espacio y cuando no existía posibilidades como los hipervínculos, este tipo de práctica fuese aceptable.  Pero ya no estamos en el siglo pasado, estamos en este, y en este siglo es cierto que todavía no contamos con hipervínculos en el papel, pero si los tenemos en las ediciones electrócnica, y no hay ninguna ley que diga que la edición electrónica tiene que coincidir al cien por ciento con la edición impresa.  Todo lo contrario, uno hoy en día da por un hecho que ese no es el caso.

Haciéndose de la vista gorda con ese tema, está el otro asunto: quien quiera que escribió la nota se las arregló para introducir varios errores en la misma.

Y digo introducir por una razón simple: dos minutos de búsqueda con Google le permiten a uno ubicar el artículo en su original en Alemán, publicado, entre otros, por Die Zeit.

[ Y para no confudir a los amigos periodistas que puedan estar leyendo esto: sí, yo entiendo que alguien escribió la nota originalmente, y probablemente ese alguien no está directamente relacionado con Die Ziet, sino que le hizo llegar el texto a la Deutsche Presse Agentur, la cual a su vez lo redistribuyó y Die Zeit simplemente publicó lo que recibió por ese medio; alguien más, posiblemente trabajando para DPA, tradujo esa nota a varios idiomas, posiblemente Inglés y Español, entre otros, y de ahí caminó por los intertubos hasta, oh, milagros de la tecnología moderna, el equipo de redacción de Aldea Global en La Nación.  Yoentiendoeso,noesnecesarioquemeloexpliquen,gracias. ]

Decía entonces que es posible ubicar el texto original en Alemán.  Y resulta que ese texto no contiene los errores que contiene el texto aparecido en La Nación.

Claro… ¡traductor chapa!

Más lento que tengo prisa.

Resulta que si uno toma alguna oración al azar de la nota aparecida en La Nación, puede ubicar la misma cosa en otros diarios de habla hispana.  Por ejemplo, en El Mercurio de Chile, el cual, gracias al mismo milagro tecnológico también recibió la noticia por los intertubos.  Y en efecto, algunos de los errores que aparecen en La Nación están presentes también la nota de El Mercurio… por ejemplo, en ambos hablan de unos supuestos “códigos” de 2024 bits.  Y cosa curiosa: el texto que aparece en El Mercurio contiene casi la totalidad del texto publicado por La Nación.  Mentira: contiene más.  En La Nación machetearon la nota original y le “arreglaron” un par de oraciones.  Y es precisamente en esa macheateada que en La Nación se las arreglaron para introducir más errores.

Uno de los errores que tienen en común está en este texto, al inicio de la nota:

Los códigos más usados para garantizar las claves de seguridad informática corren peligro de quedar inservibles después de que científicos de varios países lograran descifrar la clave RSA 768, informó hoy la Universidad de Bonn.

La clave RSA.  Existe una “clave” RSA, la cual fue descifrada.  Lo que realmente pasó es que la empresa RSA inició hace casi 20 años un reto: dados unos números, todos producto de dos números primos, encontrar para cada uno de ellos sus factores.  Por ejemplo, si 21 fuese uno de los números del reto, la respuesta que se busca es 3 y 7, pues 3 multiplicado por 7 da 21.  El primer número del reto, el más pequeño, es:

15226050279225333605356183781326374297180681149613
80688657908494580122963258952897654000350692006139

El cual fue factorizado por Arjen K. Lenstra en 1991 de la siguiente forma, utilizando lo que en aquella época era un computadora muy grande:

  37975227936943673922808872755445627854565536638199
× 40094690950920881030683735292761468389214899724061

Por esta factorización Lenstra recibió de parte de RSA la suma de US$1000.  En total el reto RSA consistía de 54 números los cuales debían ser factorizados, y el premio más alto, por la correcta factorización del número denominado RSA-2048, era de US$200 mil dólares.  Y digo era porque el reto finalizó en 2007, cuando RSA lo dio por finalizado, a pesar de que luego de 16 años solo se habían logrado factorizar 14 de los 54 números.  Factorizar estos números es muy díficil.  En el 2007 RSA consideró que el reto ya había logrado su objetivo inicial: promover la investigación en un área de la Matemática y la Computación que permite realizar esta clase de cálculos.  El premio más alto que la RSA entregó fue en 2005 y consistió de US$20 mil, por la correcta factorización del siguiente número:

31074182404900437213507500358885679300373460228427275457
20161948823206440518081504556346829671723286782437916272
83803341547107310850191954852900733772482278352574238645
4014691736602477652346609

Eso son 193 dígitos.  Para esto se necesitaron cinco meses y 80 computadoras trabajando en forma simultánea e ininterrumpida.

“La” clave a la que hace referencia la nota de La Nación es otro de esos números, conocido como RSA-768:

12301866845301177551304949583849627207728535695953347921
97322452151726400507263657518745202199786469389956474942
77406384592519255732630345373154826850791702612214291346
16704292143116022212404792747377940806653514195974598569
02143413

Eso tiene 232 dígitos.  Fue factorizado hace aproximadamente un mes por un equipo internacional, en un esfuerzo que requirió de más de dos años y medio de cálculos.

El segundo error está en que no hay nada que descifrar, solo se trata de factorizar un número.  Y no cualquier número, sino un número específico.

El tercer error está en que el artículo dice que “relativamente pronto los códigos de seguridad habituales en internet quedarán caducos”.  Si la historia pasada sirve de algo y suponiendo que no suceda nada realmente extraordinario en el corto plazo, “relativamente pronto” quiere decir “en los próximos diez años” y no en los próximos diez segundos, tal como un lector desprevenido podría concluir a partir de la lectura de la nota.

El artículo también dice que esta es “la cadena más larga en quedar al descubierto hasta ahora”, cosa que uno puede comprobar que no es cierta luego de buscar dos minutos en Wikipedia.

Luego el artículo dice:

Los científicos consideran que en poco tiempo no habrá problemas en dejar al desnudo los habituales códigos que se utilizan hoy para garantizar la seguridad en la aplicación, por ejemplo, de las tarjetas de pago y de crédito en Internet

No, los científicos no dicen nada que se parezca a eso, sino algo bien distinto.  Y lo curioso es que el artículo tal como aparece en Die Zeit tampoco dice esto.

¿Hasta dónde llega la responsabilidad de la agencia de noticias y dónde comienza la de La Nación?

Yo entiendo que La Nación se sintió muy complacida con aquel famoso fallo internacional que les concede irresponsabilidad respecto a lo que publican.  Basta con decir “es que lo copié de otra fuente” para que se laven las manos.  Yo no creo que eso sea ni correcto ni justo.  Como consumidor yo espero que la información publicada por el medio esté, como mínimo, corroborada.  La nota, tal como aparece en la página web hoy, contiene un error que para verlo no hace falta ser especialista.  Y contiene otros errores que para ser notados sí requieren de conocimiento que si bien es especializado, tampoco es secreto: pueden preguntar.

Y cada vez que yo veo esto yo me pregunto: yo veo estos errores en La Nación porque yo tengo esa clase particular de conocimiento especializado, ¿pero cuántos no veo precisamente por referirse a áreas de las cuales yo no se ni jota, como administración pública o derecho constitucional por ejemplo?

Comments are disabled for this post