La censura en Tribuna Democrática

04-06-2009

Luko Hilje escribió recientemente un artículo en Tribuna Democrática respecto al proceso de publicación de libros.  El tema me parece interesante y quise aportar algo que creo que puede ayudarnos a pasar de las buenas intenciones a las cosas concretas.

Como ocurre siempre que comento en TD, me irritó la leyenda al final:

Reglas para publicar comentarios: Antes de publicarse, cada comentario será revisado por el moderador.

Sí, me irrita desde que dice “reglas”.  Sí, me irrita más el detalle de “será revisado”.  Sí, me irrita muchísimo más por el anonimato detrás del cual se esconden los moderadores.

Este último es quizás el aspecto más desagradable de TD: los “editores”, si es que realmente se merecen ese nombre, son anónimos.  Si visitan la página “sobre td” sí encontrarán la tripa que caracteriza a Armando Vargas Araya, pero no un listado de nombres correspondiente a los “editores” del medio, solo más anonimato: _“Sugerencias y comentarios a: editores@tribunademocratica.com.”_ Dice la misma página que “[los cuidadanos] podrán intercambiar perspectivas con los autores.” Ahí ya estamos mal: hay autores, ungidos por los editores y en un plano diferente, aparentemente más bajo, los ciudadanos, sujetos de censura.  Y sí, precisamente por esto comento menos de lo que me gustaría.

El caso es que, como en otras ocasiones, mi comentario no fue del agrado de los editores y hasta hoy no ha sido publicado.  ¿Cuál creo que fue mi pecado?  Simple: no poder resistir la tentación de señalar, en una postdata, que lo que se practica en TD no es moderación sino censura.

Hay una línea fina entre ambas cosas.  Hoy en día en Internet se hace necesaria alguna clase de filtrado en las participaciones por el hecho que existe una minoría de usuarios dedicada a abusar de los recursos del medio, es decir, a desperdigar spam a diestra y siniestra.  Ese filtrado puede ser tan simple como permitir participar solo a quienes sean conocidos, es decir “a este ya lo vi antes y ya sé que no me deja spam”, o tan complicado como tratar de identificar el spam en forma automática, es decir, dejarle la tarea a una computadora.  Cada forma tiene sus ventajas.

La otra cosa, la censura, no trata de discriminar entre participaciones honestas y spam, sino que se fija en el contenido de las participaciones para determinar si es “adecuado”, “apto”, “correcto” ó tal vez, horror, “respetuoso”.  Y el problema con el respeto es que es muchísimo más subjetivo que las otras cosas mencionadas: lo que para mi constituye una falta de respeto para otra persona es perfectamente normal.  Por ejemplo, a mi me parece sumamente irrespetuoso que al estar con otra persona, suena el celular y esta lo contesta sin decir ni “chis” — y ni pensar en “permiso”, “perdón”, “disculpa” o tantas otras posibilidades.  Pero también entiendo que esa es parte de mi visión de mundo, que otra gente no comparte y que por tanto para otra gente eso no representa una descortesía sino algo aceptable.  Si yo discrimino en función del “respeto” la mayor parte del tiempo lo que voy a estar haciendo será imponer mi visión de mundo al resto de las personas.  Y eso es efectivamente irrespetuoso, míresele por donde se le mire.

Lo que TD practica es censura, no moderación.  Y eso es raro, dada la flamante “democracia” que porta en el nombre.  Es aún más raro si uno piensa en el “empeño” en “mejorar la calidad de la convivencia republicana” que pregonan.  Y más raro todavía porque en alguna ocasión le han tirado a La Nación por exactamente esta razón.  La razón por la que esto me incomoda es simple: me pregunto cuáles otras opiniones, posiblemente contrarias a las de los editores del medio, no hemos tenido oportunidad de leer.  Esto no es más que otro triste caso de eso que se come a Costa Rica: “vos hacé lo que yo digo, no lo que yo hago.”

Antes de que alguien me diga “es que andan en la fiesta de Semana Santa”, no.  Entre el momento que envié mi comentario y ahora un puñado de comentarios han sido hallados “aptos” para el medio, incluido uno en el artículo de Luko que mencioné.  Y otorgando el beneficio de la duda: suponiendo que realmente no han tenido tiempo, pues peor todavía, eso va en contra de su propio objetivo manifiesto de facilitar el debate de temas que afectan al país pues lo que logran con esto es detenerlo.  ¿O es acaso que ese debate debe darse solamente al ritmo que un editor anónimo guste?



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